Nuestro pasado forma parte de nuestra historia,
como fuente de sabiduría o estéril melancolía.
Cada día en si, es una experiencia vitalista,
que enriquece la visión de nuestras vidas.
La melancolía solo nos hace recordar momentos,
que imaginamos fueron mejores, sin serlos.
Pues los recuerdos se idealizan en la distancia,
o por el contrario, los convertimos en pesadillas.
Por contra, en ocasiones los vemos como naranjas,
cuyo zumo nos enriquece y gratifican.
Transformando las vivencias en conocimiento,
traspasamos el espacio temporal de su distancia.
La mirada tiene la profundidad de la experiencia,
y la visión de saber amar el futuro cual destino.
Un destino construido sobre decisiones ciertas,
o quizá inciertas pero con el valor de afrontar.
En ocasiones, la necesidad de un giro radical,
surge del dolor y la angustia, como limitadores.
Barreras impidiendo avanzar o retroceder,
creando bucles de inacción y frustración.
En la capacidad de aceptar y actuar con decisión,
se encuentra el verdadero aprendizaje del corazón.
Un corazón, centro de todas las energías circundantes,
cuyo epicentro es el amor infinito por la vida.


By Clemente

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