Se miran a los ojos con la ternura del amanecer,
sin sonidos ni palabras, cegados por sus luces.


Una mirada fresca como la brisa primaveral del bosque,
y cálida cual puesta de sol en un verano suave.


Un destello tan intenso como la luz sobre un diamante,
penetrando en el espíritu de quienes la observen.


Espíritu emocionado por la inmensidad de las sensaciones,
vibraciones incomprensibles pero inmensamente felices.


Felicidad al abrazar el amor a la vida en todas sus formas,
un amor convertido en transmisor de gritos de libertad.


Gritos liberados de las cadenas del egoismo y la acaricia,
de límites de caminos predestinados por la cuna.


Gritar amor en su forma más universal y a la vez cercana,
en la que el afecto no sea una alucinación ni obsesión.


Expresar esa fuente de vida es la pincelada final,
la plasmación de lo que somos aquí y ahora.


Dejar de pintar el cuadro de nuestra vida no es opción,
obligación es dar las pinceladas a la obra maestra.


Una obra creada y diseñada para dejar la huella,
la impronta del verdadero significado de amar.

By Clemente

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